Crítica de “Hermanos por pelotas”
Lunes, 3 de Noviembre de 2008¿Qué decir de una película como “Hermanos por pelotas”? Pues por ejemplo, que es muy mala. Mucho más allá de lo que el sufijo “…por pelotas” de su título pueda hacer sospechar.
¿Qué decir de una película como “Hermanos por pelotas”? Pues por ejemplo, que es muy mala. Mucho más allá de lo que el sufijo “…por pelotas” de su título pueda hacer sospechar.
Como todos podrán comprobar cuando terminen de leer, la película que nos ocupa se ha llevado un pulgar hacia abajo como un piano de grande. Y después de escribir esta crítica uno siente la sensación indescriptiblemente reconfortante de haber hecho una buena obra, ya que “Los niños de Huang Shi” es el peor tipo de mala película que un espectador pueda echarse a la cara: la mala película con pretensiones.
Javier Fesser ha dejado claro en una carta abierta al Opus Dei que su película no pretende ir en contra de la religión o de la gente que cree en Dios, sino en contra de la Obra y su “viscoso entramado pseudoespiritual”. Tras ver “Camino” uno entiende perfectamente porqué el director no se ha atrevido a atacar directamente la religión y simplemente se ha quedado en una crítica, medianamente velada, a una institución tan políticamente incorrecta como el Opus, ya que Fesser, irónicamente, tuvo una experiencia religiosa que le cambió la vida: vio a la Virgen.
“El gurú del buen rollo” se estrenó -al menos en Estados Unidos- con cierta polémica: a muchos colectivos hindús no les hizo demasiada gracia la visión que ofrece de su religión y cultura. Y en esto la verdad es que coinciden con el público general. Si en algún momento de la película usted se ríe, sin ayuda de alucinógenos, mándele un mail a Mike Myers, se lo agradecerá.
Supongo que el hecho de que la mayoría de las películas románticas me parezcan insoportables hace poco por sostener mi feminidad. Pero a cambio, me reviste de un excelente gusto cinematográfico. Porque, señoras y señores, si hay un género que se presta al uso ñoño de la fórmula ese es el del romanticismo. Si encima nos enfrentamos a la adaptación de una historia de Nicolas Sparks, conocido por ser el autor de las novelas en que se basaron películas como “El diario de Noah”, “Mensaje en una botella” o esta “Noches de tormenta”, pues sale lo que sale. Conclusiones que podemos sacar de aquí: en primer lugar que al autor le gusta ubicar sus historias en Carolina del Norte, que es donde vive, y curiosamente el tercer estado más importante en producción de películas (tras California y Nueva York), en segundo lugar que tiene cierta tendencia a escribir historias de amor, y en tercer lugar que por muy buena que sea una historia, un equipo maldito puede destrozarla. Y bien se ve con el trecho que va de “El diario de Noah” a esto.
Al igual que “Alien Vs. Predator”, “El reino prohibido” intenta responder a una de las grandes cuestiones que la humanidad se lleva planteando desde que se inventó el recreo: ¿quién puede más, Jackie Chan o Jet Li? Siempre iniciadora de grandes debates que inevitablemente terminaban en “Pues mi padre es bombero y le puede al tuyo”.
No se puede ir con mejor disposición a ver una película. Eran las cinco de la tarde, ya repuesta de la siesta y con la noche aún bien lejos. Además, sale Mark Wahlberg. Bueno, pues bostezar, bostecé que da gusto. Y eso que está dirigida por John Moore, responsable de la entretenidísima “El vuelo del fénix” y “Tras las líneas enemigas” que tener, tiene sus defensores. Yo estaba entregadísima los primeros quince minutos. Luego me fui desinflando y aunque tiene subidas y bajadas, salí más que decepcionada.
Que sí. Que vale. Que esto es una película. Que han tenido ahí a una gente (cobrando) para escribir un guión. Que había un señor (cobrando) que decía a la otra gente lo que hacer. Que sí. Pero yo les digo, como me encantan las metáforas animales, que esta película parece rodada por una manada de monos de esos de trasero rojo que están todo el día dándole al asunto en el zoo.
Otra comedia de los Coen bien planteada, con humor, resuelta con donaire, adornada de cierto absurdo… y decididamente poco interesante. Con poco interesante no me refiero a la película en sí, que a lo mejor también, sino sobre todo a esta sensación que me acomete no pocas veces con estos autores, acompañada de una voz en mi cabeza que repite “¿pero realmente a mí me interesa lo que le pasa a esta gente tan rara, que pone tantas caras y que tiene unas motivaciones tan tontas en la vida”? al rato me descubro a mí misma respondiendo: “no, no me interesa”. Y menos desde que George Clooney se ha unido a la pandilla. Sus intervenciones en las películas de los hermanos me suelen parecer lamentables, exageradas, hiperactuadas, pasadísimas de rosca, cansinas y repelentes. En esta ocasión también.
A veces, cuando veo este tipo de película me doy cuenta de lo rápido que ha pasado el tiempo. De cómo nuestra cultura visual ha cambiado en cuestión de años. Criada lejos de los videojuegos y la MTv, yo no tengo la cabeza para aguantar tantas explosiones, tantas carreras, tanta ida y venida, tanta subida y bajada. Subjetivamente tendría que decir que en esta película se les ha ido la mano con el ritmo, que tiene pocas mesetas y demasiadas cumbres, que casi no hay diálogo, que los personajes no tienen tiempo para evolucionar ni desarrollarse, que se llega a hacer aburrida por la monotonía, pero objetivamente yo sé que este es otro tipo de narración, que va a ir a más y que está aquí para quedarse. Es la narración del segmento de atención de 3 minutos, de la discontinuidad visual, de la compleja codificación sígnica que requiere un espectador que conozca más que bien el código.