“Los hombres que no amaban a las mujeres”: El libro

Como los azares del destino me han arrastrado últimamente por los aeropuertos del mundo, lo que siempre es una actividad repleta de horas muertas, y dado que en cualquiera de nuestros aeródromos si uno da una patada derribará una columna de ejemplares de la primera obra de Stieg Larsson a la venta, he terminado cayendo en la pesada tentación.

Denle al enlace para leer mi breve y carente de destripamientos opinión al respecto.

Aunque aún no he terminado la lectura y por lo general no soy gran consumidor de narrativa contemporánea (habida cuenta de que “La metamorfosis” anda por las cien páginas, no entiendo esa tendencia a escribir cada vez libros más y más largos) me detengo un rato para comentarles un aspecto que me ha llamado la atención.

Aunque antes me quitaré de encima los comentarios generales, que se resumen en que tampoco es para tanto la cosa. El libro parece estar bien, el estilo no estorba y el autor intenta animar la trama, que es bastante lenta y complicada (fíjense que la edición inglesa se adjunta un árbol genealógico de personajes, cosa que no ocurre en la español, y hace maldita falta) prostituyendo de manera descarada a alguno de los secundarios con diverso grado de fortuna. Si tuviese que buscarle un primo, sería sin duda alguna novela de “El club de los cinco” o cualquier otra aventura detectivesca de adolescentes, aunque esta vez protagonizada por adultos y por consiguiente con mucho más alcohol, algún taco y escenas de cama.

Pero lo realmente chocante del libro es un hecho del que yo no había sido consciente -al menos no de manera tan descarada- hasta ahora. Tal vez sea una tendencia creciente en el ramo de los bestseller (ya me he confesado no habitual) pero en éste llega a ser casi insultante por lo insidioso. “Los hombres que no amaban a las mujeres” es un anuncio continuo.

A veces la cosa llega hasta el extremo. Les transcribo un párrafo:

La familia era tan amplia que Michael tuvo que crear una base de datos en su iBook. Usó el programa NotePad (www.ibrium.se), uno de esos geniales productos diseñado por dos chavales de la universidad KTH de Estocolmo que lo distribuían por dos duros en Internet como shareware“.

Lo de poner marcas para darle un toque de realismo, muy bien. Meter algún anuncio de los coleguis, puedo hasta entenderlo. Pero ¡Un link! ¡Entre paréntesis! ¡En medio de una novela!

Por lo visto Larsson era (las obras son póstumas) un activista de izquierdas, lo que se traduce en un culto a Apple casi rayano en la filia sexual. Ésta es una asociación que nunca entenderé (y antes de que me crucifiquen, tampoco valoro); cómo la gente de izquierda, incluso los más radicales, tienen una querencia innata hacia los Mac (y derivados), productos de una empresa que se sustenta sobre los valores esenciales del mercado: el peso de la marca y el culto al individuo.

En “Los hombres que no amaban a las mujeres“, cuando uno de los protagonistas tiene que cambiar de ordenador, no basta con describirlo en un par de líneas. El autor se extiende a lo largo de párrafos que se hacen páginas detallando las especificaciones de cada portátil considerado, y contando lo bien que le había resultado el anterior modelo. Les juro que pone hasta el modelo de procesador y los tamaños de disco y RAM. ¡Habla de megaherzios! ¡En un thriller!

Yo no tengo nada en contra de la publicidad; muy al contrario, me parece una cosa muy buena. Bien utilizada, permite al productor de contenidos ganar un dinero, al que los consume hacerlo gratis -o al menos más barato- y al anunciante promocionar su producto. Pero sólo hay negocio cuando todas las partes se benefician, y en este caso el lector sale con las manos vacías, sobre todo para aquellos que han pagado el nada despreciable precio de portada.

Todo esto tiene una vuelta de tuerca más, puesto que el protagonista del libro resulta ser un periodista que se ha hecho famoso destapando los desmanes económicos de la élite financiera.

Hay que ver.

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14 respuestas a ““Los hombres que no amaban a las mujeres”: El libro”

  1. Tronchanabos dice:

    Lo de la gente de izquierdas con Apple es cachondeo o de verdad te lo crees?

  2. MalaBesta dice:

    No me lo creo porque lo he visto. Es bastante evidente si uno se fija; puede ser perfectamente debido a que los Mac siempre han estado ligados al sector audiovisual, que tiende mayormente a la izquierda, o a cualquier otra cosa, vaya usted a saber.

    Ahora, puede ser perfectamente un sesgo observacional mío; si tiene usted alguna estadística que demuestre lo contrario, yo me trago mis palabras alegremente.

  3. Alfred dice:

    Quizá sea como Dame Sally Markham, la novelista de Little Britain con problemas para escribir.

    El tipo este habrá sufrido tanto para escribir que tuvo que coger prestados algunos párrafos de sus revistas antiguas de PC World.

  4. Alfred dice:

    Joer, qué mal me quedó el comentario anterior. Había mencionado a Dame Sally Markham, el personaje de Little Britain :-P

  5. MalaBesta dice:

    Parece que había algún problemilla con el link, que ya está arreglado.

  6. Isabel dice:

    Por lo que cuenta, Malabesta, debe de ser una novela horrorosamente mala. A mi ya me lo habían dicho, así que he pasado olímpicamente. Tiene usted también razón con lo de la longitud de las novelas. Parece que la gente pensara que cuánto más larga mejor. y no es así. Cada novela debe tener su proporción adecuada, como “La metamormofosis” o la más actual y deliciosa “Seda”, de Alessandro Baricco.
    Y bueno, cuándo no se tiene imaginacinación, se recurren a rellenos como estos. Pura paja absurda.

  7. Crítico en Serie dice:

    Hablas de las 100 páginas de la Metamorfosis de Kafka y te olvidas de hablar de la eternidad, por ejemplo, de Crimen y Castigo de Dostoievski, Guerra y Paz de Tolstoi y así se podría seguir por los títulos nobles de la literatura.

    Ha habido libros largos y cortos durante toda la historia.

  8. Anónimo dice:

    Lo del link a traición y sin avisar es nuevo, si… pero lo de comentar una marca no : Stephen King,por ejemplo, siempre dedica algun parrafo a alguna marca de máquina de escribir, de un modelo de coche o uncluso un limpiador. El problema es, siguiendo el razonamiento de Bronte, donde acaba el intento de dar realismo y donde empieza la publicidad pura y dura

  9. Carlos dice:

    (Jo, qué largo me ha quedado el primer post; ¿por qué será?)

    A ver, la fiebre de los libros laaargos. La mujer me pregunta con ansiedad cuando entro al servicio, “¿te llevas EL LIBRO para leer?” A lo que respondo: “No, sólo voy a pasar unas cuantas páginas”.

    Me estoy acabando la trilogia Millenium (¿no estaba ya registrado este nombre?), no por su excepcional valor literario, si no porque es una correcta lectura para el cuarto de baño. No tan adecuada en concreción como las etiquetas del 3 en 1 o las colonias, pero igual de extensa en la presentación de ingredientes y exaltación de sus cualidades sin par. En todo caso, su longitud y laxitud (sáltese usted párrafos si no páginas enteras y no se perderá gran cosa) colabora a facilitar el trance inevitable, haciéndolo si acaso más llevadero. Un par de preguntas retóricas: ¿Acaso la dietética moderna conspira contra las editoriales evitando que justifiquen abusivos precios basándose en la extensión? ¿Por qué un libro con lomo pegado impreso a un color resulta más caro (para el comprador) que un comic de 100 paginas cosidas impresas a cuatro colores?

    Bueno, regalar un best seller siempre es socorrido y esto de no pensar demasiado parece que está de moda cada vez más. Será por eso. No sé. Salud

    PS.: Que no se diga que todo está podrido en Scandinavia: los personajes principales y los diálogos están bien elaborados, casi tanto como en una buena novela detectivesca barata.

    PPS.: Lo que lamento es que la intención del autor de poner en debate la organización de la administración del estado, la perversión de la Democracia y la defensa de las libertades individuales frente a los grupos de poder y el crimen organizado, haya quedado empañada por la trama policíaca en sí.

  10. Chispita dice:

    Vistos los comentarios precedentes “mese”ocurren un par de cosillas. Y es que “el mas tonto…capador”. Estos snobs de baratillo que han pasado por la universidad, pero esta no ha pasado por ellos (lo dice uno que conoce el paño- por universitario y a la par escritor)emiten con sus juicios pequeñas “eyaculatio precox” sin haber perdido aún sus dientes de leche literario culturales. Son los típicos listillos que echan las patas al aire con el atrevimiento y la petulancia de los irredentos culturales cuyo triste fin es lo de “estar a la última”sin ese mínimo respeto a quien se ha currado mas de dos mil páginas;cuando ellos no son capaces ni de escribir un triste cuento. Ya os he dedicado mas tiempo del que mereceis, pequeñines.

  11. MalaBesta dice:

    Bah, yo para esta gente que se despacha en comentarios cuando no puede escribir ni una triste página, no me quito ni el monóculo.

    ¡Baldomero, mis aguas!

  12. juan serrano dice:

    y la pelicula, para cuando la critica ? o esto vale ya para la pelicula ?

  13. Adso de Melk dice:

    Suele decirse que los editores se casan con las letras para acabar engañándolas con los números. El éxito de las novelas de Stieg Larsson responde a un elaborado plan de marketing destinado a aquellas personas que escogen sus lecturas basándose en las recomendaciones (nada subjetivas, ni vendidas a intereses comerciales…) de los suplementos culturales. Si a ello le sumamos que los autores suecos están de moda (Henry Mankell, John Ajvide…) tenemos todos los ingredientes para la explotación de una corta serie de libracos de usar y tirar (al igual que la saga de “Crepúsculo” o el “Código…” de Dan Brown). El recurso de las marcas comerciales es bastante común, entre otros motivos, porque resulta muy cómodo, si yo digo que Fulanito llevaba un “Rolex” colgándole de la muñeca, todos nos imaginamos el típico reloj de oro muy caro y un poquitín hortera (tipo Jesús Gil, ya me entienden) y no hace falta ahondar en mayores explicaciones. Aunque me da que, en esta ocasión. tanto cantar las bondades del producto y tanto detalle técnico le sirvieron al finado autor para llevarse unas coronas extra y, de paso, llenar muchas de esas dos mil páginas que a Chispita le parecen dignas de tanto elogio (por cierto, siento verdadera debilidad por esas argumentaciones que consisten en decir lo malos y lo tontos que somos todos). Personalmente, estoy de acuerdo con Isabel, cada novela ha de tener una proporción adecuada a su contenido. Verbigracia, acabo de terminar “Una cuestión de honor” de Joseph Conrad y me parecen las mejores 100 páginas que he leído en mucho tiempo. Por el contrario, cualquiera de las infames novelitas de Natalie Nothomb (¿qué le habrá llevado a pensar a esa mujer que su vida es tan sumamente interesante como para ir contándola por capítulos?) podría ver reducida su extensión a dos o tres párrafos y tampoco perderíamos gran cosa.

  14. Carlos dice:

    Una reflexión, al margen del largo libro del tristemente (sobre todo para su editor y su banquero) desaparecido Stieg Larsson.

    Tengo claro que esto es un espacio de intercambio de opiniones para los que disfrutan del arte, sea literatura, cine, música,…
    Lo que no tengo tan claro es por qué, como pasa en tantos foros, sean de Formula 1, Barbie (mattel no me paga, lo juro) o la Teoria de las Cuerdas, hay quien se dedica a leer los comentarios para echarlos abajo con su sólida, única e irrefutable visión de la realidad sobre los pobres mortales.
    Cada uno habla de sí mismo y de sus gustos.
    Para mi un libro, como toda obra de arte, ha de ser única, personal, capaz de transmitir emociones y sensaciones no televisibles (e incluso agradables) al receptor. Independientemente de su volumen.
    Elogiar un libro por su extensión, erudición o mera oportuidad, es como hacerlo de un incendio por su magntud, o poner una urbanización marbellí por encima la capilla sixtina.
    Si el arte fuera matemática (algún músico dira que sí), habría muchas más obras imprescindibles.
    “Pa” libro largo, la Biblia (y mira que le han quitado cosas).
    Lo breve, si breve, dos veces breve.
    A escribir no se enseña, se aprende.
    Salud.

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