La vida de Michael Jackson parece el guión de una película de Frankenheimer, pasada por el tamiz rabioso del neón ochentero. Estrella infantil con sus hermanos, los “Jackson five”, conoció la gloria absoluta en su reconversión a estrella solitaria y protagonizó el que es sin lugar a dudas el videoclip más famoso de la historia de la música: “Thriller”. Sus temas y su manera de bailar hicieron de él un mito en vida, condición no apta para mortales.
Más tarde decidió que no le gustaba ser afroamericano e inició una loca carrera para aclarar su piel, aderezando el conjunto con más y más operaciones de cirugía estética, lo que le convirtió en una figura de porcelana de tétrico aspecto. Sobre todo con el incidente de la nariz, que comentan las malas lenguas, literalmente se le cayó.
Para acrecentar su leyenda, fue acusado de pederastia, y el terrorífico parque de atracciones que mantenía en su mansión “Neverland”, no hicieron más que apuntalar la fama de personaje fuera de la realidad, y demasiado dentro del mundo infantil. Quiso ser el niño que nunca fue porque demasiado pronto se tuvo que hacer un adulto que conquistaba el mundo y el mundo no estuvo de acuerdo.
Se casó con la hija del Rey, Lisa Marie Presley, y con una enfermera tuvo dos hijos por métodos no convencionales, se dice, uno de los cuales casi mata desde un balcón.
Nos queda su música, su estilo y su leyenda. Michael Jackson murió ayer a los 50 años de edad por un paro cardíaco en un hospital de Los Ángeles.